lunes, 7 de noviembre de 2011

Son los jóvenes, estúpido

¿Qué tienen en común el mundo árabe, la periferia europea, China y la Argentina? Que su estabilidad política depende más de cuestiones demográficas que ideológicas. En Libia y en Atenas, en Tiananmen y en los piquetes porteños, las tribus y las ideas se mezclan pero una característica predomina: la juventud de los manifestantes. Las revoluciones que vienen, reales o camporistas, se nutren de las expectativas insatisfechas de los treintañeros.

Las familias grandes y la vida corta identifican a las sociedades antiguas; las familias pequeñas y la vida larga, a las modernas. Ambas formas de organización son relativamente estables, el problema es la transición. Durante el período de cambio demográfico, una sociedad reduce primero la mortalidad y luego la natalidad: en otras palabras, la población crece más rápido antes de estabilizarse. Y como se crece por abajo, al principio aumentan los niños, una década más tarde los adolescentes y, después, los jóvenes adultos. Sus aspiraciones son crecientes pero la competencia es más dura: conseguir pareja, casa y trabajo se torna difícil, aun con mayor formación. El polvorín está listo: agréguesele represión, corrupción o autismo gubernamental y espérese un detonante imprevisto para la explosión. Ante el estallido, la reacción del poder
puede ser moderna o geriátrica. Mubarak y Gadafi encarnan la segunda opción, mientras la primera está por descubrirse fuera de la democracia.

Si los gobiernos no anticipan la crisis, los intentos por administrarla a posteriori se han demostrado frecuentemente vanos. La consecuencia, en democracia, es la caída del gobierno; en dictadura, la del régimen. A diferencia de las sociedades árabes, en la costa norte del Mediterráneo los sistemas políticos fallan pero duran: la razón es que ahí no predomina la juventud sino la esclerosis.

En Italia, caso arquetípico, los jóvenes de 35 años se ven obligados a vivir con sus padres y las de 17 con Berlusconi. En Portugal, el ajuste no enfrenta revueltas callejeras sino que alimenta la emigración: pueblo de navegantes, los portugueses siguieron emigrando durante los años de crecimiento económico y ahora, simplemente, aceleran el flujo. España sorprende por la mansedumbre de su sociedad, que en los momentos más duros de los asesinatos etarras manifestaba su repudio con convicción pero sin violencia.

Sólo Grecia muestra signos de intemperancia y es, justamente, el país más joven de los que están quebrados. De hecho, con jubilaciones masivas a los 50 años, los griegos no sólo les robaron a sus compatriotas europeos sino que se transformaron en una sociedad de “jóvenes” desocupados, y por lo tanto disponibles para la revuelta. Autócratas árabes y gerontócratas europeos tiene dificultades para entender los nuevos tiempos. Los discursos psicodélicos de Mubarak y Gadafi, así como el derroche pre-crisis de griegos, romanos e ibéricos, muestran que el mundo concreto y ciertos líderes viven en dimensiones paralelas.

En Europa, estados de bienestar seniles defienden los derechos adquiridos de los viejos y privan de ellos a las nuevas generaciones. Y en el mundo árabe, los gobernantes se vanaglorian de epopeyas bélicas que para sus pueblos son prehistoria. La fuga de la realidad conmueve: para un argentino, era difícil escuchar los discursos de Mubarak y no recordar a De la Rúa.

En Buenos Aires, la sensibilidad frente al cambio demográfico es asimétrica.

Alfonsín tuvo a la Junta Coordinadora, De la Rúa al grupo Sushi y los Kirchner a La Cámpora. Sólo Menem se dio el lujo de privarse de la movilización juvenil: los ‘90 fueron más propensos a la desmovilización. Actualmente, es el gobierno nacional y popular y las oposiciones minoritarias como PRO y ARI los que muestran cierto nivel de renovación generacional, mientras el radicalismo sigue destacándose como un partido de hombres grises: es difícil encontrar mujeres o jóvenes sin corbata entre sus filas, aunque algunos candidatos están modernizando sus tecnologías de comunicación mediante herramientas informáticas.

Un partido que piense en el futuro tiene que mirar más allá de 2011. Los dirigentes que se forman hoy gobernarán este país en los próximos veinte años: ¿quiénes son? ¿Dónde están? Dar respuesta a estas preguntas torna a las elecciones de octubre algo más que una contienda presidencial: es la oportunidad de que emerja una generación de líderes postcrisis. Los edad de los candidatos y sus equipos de gestión, antes que la ideología, dará información clave sobre qué partidos están listos para el desafío y cuáles para el geriátrico.


Por Andrés Malamud